viernes, 5 de octubre de 2012

Día 12. Palenque, Agua Azul y Misol-Ha


Es cierto que para llegar a Palenque hemos tenido que recorrer casi nueve horas en autobús (separados), pero sólo las vistas hacen que el trayecto merezca la pena. Después de una peli chorrísima de Adam Sandler y otra de Disney que no estuvo mal, miro a mi derecha y veo el golfo de México: no tengo palabras. Es tan extenso que en un punto cielo y mar se unen sin distinguirse. Hay pelícanos apoyados sobre algún que otro palo que sobresale del mar y un cementerio que no puede tener mejores vistas.

Llegamos a la central de autobuses y agarramos un colectivo que nos lleva hasta el alojamiento: otra vez impresionante. Las próximas dos noches dormiremos en la jungla, con el ruido de las ranas, el agua del río y rodeados de luciérnagas.





La primera noche nos damos el gusto de comernos una pizza en el bar del recinto… ¡Mmmm!, confirmado: la segunda mejor pizza del mundo (la primera la hacen en Formentera: im-pre-sio-nan-te, ¡lo prometemos!). Al día siguiente iremos a visitar un par de cascadas, así que tenemos que coger fuerzas. Y hablando de cascadas, de repente, y en plena actuación de The Mayan Sound, empieza a diluviar como si no hubiera un mañana. Al ver que no para, regresamos a la cabaña. Nos empapamos tanto que tres días después la ropa sigue mojada (tenemos que decir que la humedad tampoco pone de su parte).




Misol-Ha y su gruta nos encantan. Gracias al diluvio de la noche anterior, la cascada está esplendorosa. Baja con tanta fuerza que incluso cuando pasamos por dentro parece que se nos va a llevar el vendaval. A continuación, visitamos Agua Azul, otras cascadas que en temporada seca deben de llevar agua cristalina, porque lo que es en temporada de lluvias… (y más con el diluvio de ayer), el marrón gastrointestinal es el que impera. 








En la zona de Agua Azul vemos a mujeres y niñas vendiendo productos de la zona: artesanía, tortas, platanitos… Pues bien, no miento si os digo que en cuestión de dos horas una misma mujer nos ofrece platanitos en seis ocasiones. ¡No sabíamos ya cómo decirle que no! Así que le decimos que no tenemos hambre, a lo que ella nos contesta: «Mentirosos, eso es que no queréis comprar», eso sí, con una sonrisa y un tono muy agradable. Nosotros, ojipláticos. 

Nos despedimos de la jungla a las cinco y media de la mañana. Tenemos que ir al pueblo y agarrar el bus de las siete para llegar a San Cristóbal de las Casas a una hora decente. Sin embargo, antes de salir coincidimos por segunda vez con una araña que da miedo. 

La primera la vimos en Misol-Ha, muy chiquitaja, pero con un cuerpo de un amarillo que echaba para atrás, y la vimos porque estuvo a punto de picar a Fran en la mano. A la segunda, la vimos a unos dos metros de distancia. En el techo del baño. Imposible no verla. Nunca antes me había lavado los dientes tan rápido (y Fran haciendo de vigilante por si la bicha se movía). Salimos pitando de la habitación, sin echar la vista atrás. 

La primera, pequeña como un garbanzo.

Aunque no se aprecia demasiado bien en la foto, la araña era tan grande como un puño.