viernes, 16 de noviembre de 2012

Día 44. De la frontera al volcán Barú


Salir de Costa Rica y entrar en Panamá no tiene demasiada complicación. Era la primera frontera que cruzábamos a pie y, a pesar de que nos volvía a faltar un papel, fue todo bastante bien.  Hubiéramos tardado poco más de dos horas entre las gestiones de un lado, las del otro y el control del equipaje si no hubiéramos coincidido con un chico cubano que llevaba tabaco en la maleta. Lo tuvieron en el control más de cuarenta minutos… Suerte que no se dieron cuenta de la navaja que lleva Fran entre los calcetines.

Establecemos el primer contacto con Panamá a las nueve de la noche y con un taxista que decide timarnos. El precio del trayecto de la estación de autobuses al hostal, de repente, se triplica. Nosotros no tenemos referencias, y sí que nos parece un poco caro en comparación con otros sitios, pero venimos de la carísima Costa Rica, así que apoquinamos y listo. Pero cuando se lo contamos a la dueña del hostal de David, donde íbamos a pasar nuestra primera noche en Panamá, nos dice: “Chicos, lo siento, pero os han robado. No sé qué habrán visto en vosotros… Normalmente, se aprovechan de los típicos matrimonios extranjeros, mayorcitos y con maletas de ruedas. Como a los mochileros os ven medio pobres…” ¡Pues empezamos bien!

En David sólo pasamos una noche. Lo que nos sabemos aún es que en unos días volveremos y dormiremos en ese mismo hostal. Y lo que desconocemos más todavía es que apenas dormiremos unas horas por culpa de un estadounidense exhibicionista y parlanchín. Pero eso lo dejamos para la siguiente entrada.

¡Vamos al cole!

Nuestro primer destino real es Boquete. Un pueblo situado entre montañas y bien tranquilo. Hace unos años, una publicación norteamericana le concedió el cuarto puesto  en la lista de los mejores lugares a los que retirarse. Desde entonces, no han parado de llegar extranjeros. El principal atractivo de esta zona es el volcán Barú. Inactivo y de 3.500 m de altitud, nos da miedo, por lo menos a mí. Así que necesitamos dos días para decidir si subimos o no (después necesitamos tres más para recuperarnos. Totalmente cierto).


La subida al volcán es horrorosa y mágica al mismo tiempo. Empezamos a las doce de la noche junto con otros compañeros del albergue. La idea es llegar a la cima a las cinco y pico de la mañana, ver el amanecer y luego bajar y dormir durante todo el día. Pero como decía, el ascenso no tiene precio. Es de noche y el cielo no puede estar más despejado. Hay tramos en los que no necesitamos linterna, es suficiente con la luz de la luna y el millón de estrellas que agujerean el cielo. A pesar de que necesito parar casi cada ciento cincuenta metros para respirar, no hay ni un p*** tramo llano, intento disfrutar al máximo de la experiencia. 
Andar por el bosque a las doce de la noche, solos (los demás ya nos han adelantado), con el ruido de los bichos, es algo que no habíamos experimentado antes y nos gusta. 


Tras subir mil quinientos metros de desnivel en catorce kilómetros, llegamos a la cima. Antes de alcanzar a la cruz, nos ponemos la sudadera, los guantes, la bufanda y el gorro. Queda media hora para que salga el sol, ¿y qué mejor forma que calentar la espera que tomando ron a palo seco? 



Con el amanecer no tenemos tan buena suerte como con la noche, y las nubes (de formas extrañísimas, por cierto) nos impiden ver del todo el paisaje, así que empezamos el descenso. Tardamos menos en llegar a la caseta de entrada al parque que en subir a la cima, tenemos ganas de regresar al hostal, ducharnos y dormir un poco. Pero cuando sólo nos quedan cuatro kilómetros para dar por concluida la caminata, mis rodillas dicen “basta”. No puedo más. No es que me duelan las rodillas en las bajadas, es que me duelen nada más levantar el pie del suelo. Empiezo a contemplar la posibilidad de llamar a un helicóptero, pero Fran me garantiza que ya queda poco. Creo que hace una hora que me asegura que ya queda poco…, pero, de repente, dice: “¡Ya veo la caseta!” Nunca antes unas palabras me hicieron tan feliz. 






Por desgracia, y cuando uno menos se lo espera, las cosas pueden empeorar con una facilidad pasmosa. Llegamos a la caseta y le decimos al chico que queremos pedir un taxi para que nos lleve al hostal. “No hay problema, yo les doy el número, pero la parada de taxis queda a un kilómetro. Hasta la caseta no suben.” ¡No puede seeer! 






Me paso los siguientes tres días andando como si fuera un robot. Bueno, yo y el resto del hostal. Decidimos que cuando nos recuperemos iremos hacia el norte: Bocas del Toro. Un conjunto de islas que prometen fiesta y playas de arena blanca.