martes, 9 de abril de 2013

Día 175. El Calafate y el Chalten


Nuestra siguiente parada en Argentina fue el Calafate. Aunque muy preparado para el turismo, nos pareció un lugar acogedor, a diferencia del “vecino” Chaltén y sus vientos huracanados. Aquí las distancias son enormes: para ir de Ushuaia a Calafate nos demoramos aproximadamente veinticuatro horas, con ferry incluido y dos cruces de frontera (Argentina-Chile, Chile-Argentina) con el correspondiente sellado de pasaporte e inspección de bolsas. 

Volvimos a llegar al destino en plena noche, así que nos fuimos a dormir de inmediato. Y al día siguiente: ¡descanso! Nada de pensar qué visitar o cuántas horas caminar. Nos limitamos a recorrer la ciudad en busca de un parche argentino y de alguien que quisiera comprarnos la carpa y los sacos de dormir. No tuvimos suerte, el chico de la tienda de montañismo nos ofreció una ridiculez y declinamos la oferta. Por eso, cuando llegamos al hostel, sin ningún tipo de intención sino más bien desespero, le dijimos a la recepcionista que si sabía de alguien que quisiera un par de sacos y una carpa (casi) nuevecitos, nosotros queríamos vender los nuestros. Y de repente: “¡Yo te los compro! ¿Los puedo ver?” Media hora después, ya los teníamos vendidos. ¡Menudo peso que nos quitamos de encima!



Un recuerdo de nuestros sacos y carpa
La principal atracción del Calafate es el Perito Moreno. Ofrecen miles de tours para ir a visitar los tres glaciares de la zona, poder caminar por encima de uno de ellos y beber whisky con hielo Perito Moreno, escalar por sus paredes, adentrarse en sus cuevas… Pero, como hemos dicho, es el principal atractivo y los precios que piden ya os podéis imaginar cómo son, así que nos conformamos con un tour en barco y con andar por las pasarelas. 




Por segunda vez en estos meses (la primera fue en Machu Picchu), tuvimos las sensación de estar ante algo extraordinario, de otro planeta. Por mucho que te cuenten o que veas en  televisión, estar delante de la gran bestia de hielo es espectacular. Uno se imagina que será grande, pero es que es inmenso. Y precioso. Nunca antes habíamos visto tantas tonalidades de azul. De frente parece un esponjoso coral y desde arriba, un delicioso pastel de nata.   





Durante el rato que estuvimos allí, tuvimos la suerte, aunque en el fondo sea una desgracia, de ver un auténtico espectáculo de la naturaleza. Continuamente se fueron desprendiendo pequeños fragmentos del glaciar. A veces, tan pequeños que ni siquiera los percibíamos y sólo oíamos el estruendo. Pero en uno de esos desprendimientos, vimos cómo caía un fragmento de una de las paredes, de arriba abajo. No sabemos cuánto medía aquella lámina de glaciar, pero por lo menos el equivalente a un edificio de cincuenta metros. Provocó un ruido ensordecedor, como el de una bomba, sin saber cómo estallan las bombas, y el impacto que tuvo en el agua…, fue como un pequeño tsunami, cubrió vegetación y fragmentos de hielo de caídas anteriores.


¡Fijaos en el tamaño del barco de tres plantas al lado del glaciar!








Los días en el Chaltén fueron un tanto diferentes, pero tuvimos la suerte de coincidir con César un chico catalán que estudió derecho con mi vecina!!!  Él viene haciendo lo mismo que nosotros pero en la otra dirección, así que nos dio algunos consejos sobre el Sudeste asiático. Llevábamos demasiadas caminatas seguidas, así que decidimos frenar un poco, justo en la capital argentina del trekking. Estas cosas ya pasan. Descartamos andar nueve horas para ir a ver el monte Fitz Roy, nublado y con viento, sin garantías de ver demasiado, no gracias. Por eso subimos a uno de los muchos miradores desde donde observar el cerro Torre y nos acercamos al Chorrillo del Salto. Bien, bien cerquita. 







Todos estos días anduvimos con otros compis: Daniela y Chris (¡saludos, pareja!) y con ellos también nos encontramos en Bariloche, fuimos a la Cascada del duende y contemplamos el huevo de chocolate más grande habido y por haber y cambiamos de rumbo. Ellos, hacia Chile; nosotros, hacia Santa Fe. ¡Suerte chicos!