jueves, 27 de diciembre de 2012

Día 78. Arequipa y el cañón del Colca


Llegamos a Arequipa y nos vemos inmersos en una situación bastante cómica. Le decimos al taxista que nos lleve a un hostal y nos dice que si allí no tienen sitio, él nos lleva a otro por el mismo precio. La cosa huele a comisión que tira para atrás, pero le decimos que ok convencidos de que en el nuestro habrá camas. Llegamos y, efectivamente, hay camas, pero nosotros andamos buscando dormitorio compartido así que le pedimos que nos lleve a otro hostal que teníamos visto. Y nos dice que no, que justo esos días hay unas jornadas de no sé qué y que el hostal que nosotros queremos segurísimo que está a tope (vamos, que en ése no le dan comisión). Son sólo las siete de la mañana y venimos muertos de un viaje de casi doce horas en bus, así que le damos el gusto al señor y le decimos que nos lleve al hostal que él dice con la grata sorpresa para nosotros de que está lleno, y esta vez de verdad. 


Después de dar cinco vueltas por el pueblo con el taxi, regresamos al primer hostal, el que no tenía dormitorios y, por lo que se ve, así tenía que ser porque allí conocimos a una pareja de valencianos, Jovi e Inma, con los que pasamos los siguientes cuatro días. ¡Cosas de la vida!

Los cuatro queremos hacer una ruta por el cañón del Colca (el segundo más profundo del mundo, por delante del cañón del Colorado) así que al día siguiente nos vamos a ello con nuestro guía, David, y Michele, un chico italiano. No sin pasar primero por una serie de situaciones que retrasan nuestra salida: cambio de chófer antes de salir de la ciudad, un señor que se sube a nuestra furgo por error, paradita para comprar papel y no sé qué más porque ahí ya me quedé dormida. Pero lo mejor es que cuando ya vamos en camino, ¡pinchamos!


A las nueves y pico de la mañana, tras desayunar unas olivas y un poco de pan, paramos a ver el vuelo del cóndor. Sé que así leído y desde la distancia parece una chorrada, pero es asombroso ver cómo esos pajarracos consiguen volar sin apenas mover las alas, sólo siguiendo las corrientes térmicas. 



                                    

Tras dicha observación, iniciamos la ruta. ¡Yujuuu!



El descenso del primer día es bastante bestia, sobre todo porque nos pilla el sol de mediodía, nos fatiga y nos deja casi sin energía. Suerte que la rodilla me responde bastante bien y sólo al final noto una pequeña molestia. 




El día dos lo iniciamos con una grata sorpresa: panqueques con plátano y dulce de leche para desayunar. ¡Mmm! La primera parte de la ruta es bastante llana pero la segunda vuelve a ser descenso y ahí sí que mi rodilla dice basta. Por suerte, al final del día nos espera una piscina en medio del oasis del cañón y un riquíiisimo pisco sour. ¡Sólo hago que pensar en eso! La cena es un poco bestia: sopa con arroz y espaguetis. Pero ya nos viene bien porque al día siguiente nos espera un largo y agotador ascenso.








En tres horas tenemos que subir el desnivel que hemos bajado en dos días, así que salimos a las cinco de la mañana para que no nos pillen los primeros rayos de sol y a las ocho menos cuarto ya estamos arriba. ¡Qué sensación más gratificante la de conseguir algo así tras tres horas de querer regresar de nuevo al oasis!


De izquierda a derecha: Jovi, Inma, Débora, Fran, Michele y David.
Volvemos a Arequipa bastante cansados, pero muy contentos. Nos despedimos de los chicos con pena, unos se acostumbra muy rápido a la buena compañía tras tantos días sin compañeros de viaje.