martes, 25 de diciembre de 2012

Día 73. Cuzco y el Valle Sagrado


Llegamos a Cuzco y lo primero que hacemos es ir a comprar las entradas a Machu Picchu (MAPI para los amigos). Lo segundo: coger una gastroenteritis de tres pares de narices. 

Íbamos preparados para el mal de altura, pero no para pasar casi tres días enteros pegados a la taza del váter. Así que… ¡bye bye, camino inka! Cuando superamos el hecho de no poder hacer el trekking, decidimos que lo mejor para nuestros estómagos es pagar la turistada de subir y bajar de Aguascalientes en tren. Así que con el billete de tren y el acceso a MAPI en la mano, nos disponemos a conocer Cuzco y sus alrededores.


Visitamos el mercado artesanal de Pisaq, donde no nos pudimos resistir a comprar un gorrito peruano, y las ruinas, con tres partes bien diferenciadas: las terrazas agrícolas, la zona de las tumbas y la residencia de los sacerdotes. 






También pasamos por Urubamba y su plaza de armas, repleta de puestecitos de artesanías, textiles, tintas… ¡Todo color! 


Esto aquí se come :'(





Y Ollantaytambo, una cuesta repleta de escaleras que nos lleva hasta el templo del Sol. Es alucinante imaginar que hace millones de años hubo gente capaz de construir tales templos con sus propias manos y sin apenas herramientas. ¿Seríamos capaces de hacerlo nosotros sin toda la tecnología y modernidad que nos rodea?  ¿Tales logros quitan mérito a las magníficas construcciones que se consiguen hoy en día? 






Cerramos la jornada en Chichero, pelándonos de frío y con una tormenta a punto de descargar encima de nuestras cabezas. Por suerte, entramos en una especie de taller familiar y de paso que nos muestran cómo preparan y tiñen la lana de alpaca nos ofrecen un té de coca bien calentito. En Perú hay unas artesanías preciosas: pulseras, gorros, polainas, jerséis calentitos… ¡Todo me lo llevaría! Lástima que en la maleta no me quepa ya ni un alfiler. Y “suerte” que tengo a Fran, que va todo el día diciendo: “Tira palante.” 





Regresamos a Cuzco. Llueve, hace frío y huele a chimenea. ¡Es Navidad! Por primera vez en lo que llevamos de diciembre tengo la sensación de que es invierno y de que las fiestas se aproximan. La ciudad tiene muchísimo encanto y una atmósfera rural que enamora. Es de esos sitios en los que nos podríamos quedar a vivir. A pesar del constante aluvión de turistas, sigue siendo un lugar acogedor, un hogar lejos de casa.







Por cierto, un millón de gracias, Mónica. Fuimos al hostal que me recomendaste y se portaron genial, sobre todo los días que no estuvimos demasiado finos.