martes, 25 de septiembre de 2012

Día 3. Tulum-Cenote Azul, de iguanas y colectivos


Hoy nos hemos levantado a las siete de la mañana para agarrar (aquí no se coge nada de lo que se coge en España…, ¡y aún nos estamos acostumbrando a ello!) un colectivo e ir a las ruinas de Tulum —un colectivo es una furgonetilla que va haciendo paradas por pueblos y carreteras, trasladando a gente de un punto a otro, por pocos pesos—. Pues eso, que agarramos un colectivo por primera vez, nadie habla porque es demasiado pronto, y una hora después nos deja en el arcén de la carretera. Miramos a un lado y a otro, y la cruzamos tal cual.
  Tulum es una preciosidad. Llegamos tan pronto que creo que somos los segundos en entrar. Estamos nosotros, una familia americana, los millones de iguanas que habitan el lugar y un sol de justicia ya a las nueve menos cuarto de la mañana. Tulum, sin gente, es un pequeño paraíso maya. La playa está desierta. Por lo que parece, la gente hoy no madruga tanto y se reserva para ir a ver las ruinas el domingo, cuando la entrada es gratuita para los locales.





          Muy a nuestro pesar, abandonamos Tulum. Empiezan a llegar los grupos de turistas, tampoco muchos porque es temporada baja y quedan pocos, pero queremos ver Cobá. Por desgracia, nos quedamos a medio camino. Para que un colectivo se ponga en marcha, tiene que llenarse, si no al conductor no le sale a cuenta hacer el viaje. Y, de momento, sólo nosotros dos queremos ir a Cobá. Casi una hora después seguimos estando nosotros dos solos, así que decidimos no pagar el precio que nos propone el conductor (el doble de lo estipulado «y salimos ahorita mismo») y nos vamos al maravilloso y cristalino cenote Azul. Cobá, quizás en otra ocasión.
El agua del cenote está tan fresquita que dan ganas de quedarse arrugada como una pasa. Los pececillos se acercan a aspirarte los pies en un agradable cosquilleo. Y el agua es tan cristalina que la profundidad da miedo. Fran se tira desde una roca a seis metros de altura, ¡prefiero no mirar!


Nos volvemos a Playa del Carmen en un colectivo a ritmo de reagetón y conseguimos que nos deje justo en la puerta de casa de Eli. Nos sentimos orgullosísimos. ¡Que vivan los pequeños logros!