lunes, 8 de julio de 2013

Día 276. Y, por fin, llegamos a Laos: Vientiane - Van Vieng - Luang Prabang

Salimos de Vietnam en un autobús cama un poco hecho polvo, pero el viaje fue bastante tranquilo. Lo único curioso es que llegamos a la frontera como a las cuatro de la mañana y tuvimos que esperar (todos durmiendo dentro del bus) a que levantaran la barrera a las siete. Es gracioso pensar que los países «abren» y «cierran», como si fuesen tiendas. A algunos sólo les falta colgar un cartel que diga: «Venir en horario comercial, gracias.»

Después de hacer todos los trámites y de pagar algún dólar de más (por entrar al país en sábado, por ejemplo) llegamos a la capital de Laos: Vientiane, que más que la capital de un país parece un pueblo un poco grande. Aquí se respira una calma que sería inimaginable en la mayoría de capitales del mundo. Nos pareció una ciudad bonita, ajardinada, a las orillas del Mekong, que hace de frontera con Tailandia, y en ella disfrutamos de una bonita puesta de sol y de uno de los momentos que nos han generado más sorpresa: ver cómo decenas de personas practican aerobic en mitad de la plaza del pueblo. 



Poco más hicimos en la capital aparte de pasear, visitar algún monumento y dar una vuelta por el mercadillo nocturno, donde te puedes comprar la nueva camiseta del Barça por menos de 5 €. ¡Ah, sí! También nos dimos un pequeño lujo y cenamos en uno de esos restaurantes que solemos evitar por ser «demasiado caros» (para que os hagáis una idea «demasiado» son 14 € entre los dos).



Al día siguiente llegamos a Vang Vieng. ¡Menudo chusco! Ya no íbamos muy convencidos, pues la principal atracción de este pueblo es el tubbing: lanzarse por el río con un flotador gigante e ir parando en los bares que hay a las orillas para beber hasta más no poder. No obstante, los alrededores del pueblo sí que prometían: cuevas, cascadas y vistas increíbles de los bosques casi vírgenes de Laos. El problema fue que cuando llegamos estuvo lloviendo todo el día y la previsión parecía ser la misma para lo que quedaba de semana. Asumido esto, aprovechamos para hacer la otra cosa que todo el mundo hace en este pueblo: tumbarnos en uno de los bares («tumbarnos» porque muchos bares no tienen sillas sino plataformas con cojines bastante mugrientos) a beber cerveza y ver Friends, sí, la serie. En Vang Vieng todos los bares ponen capítulos sin parar. Sólo tienes que elegir el bar que tenga la temporada que más te guste y, hala, a reírte un rato.




Al día siguiente salimos hacia Luang Prabang. El trayecto fue espectacular. Las vistas desde el autobús dejaban sin habla: montaña y más montaña, a cual más verde. Cuando llegamos a la que dicen que es la ciudad más bonita del Sudeste, y la segunda más grande del país, nos dispusimos a recorrerla cámara en mano. Como la capital, no deja de ser un pueblo grande, pero aquí sí que se respira un ambiente especial. Quizá sea por los montones de templos que hay repartidos por cada calle, por las preciosas y enormes casas coloniales, por los monjes y sus túnicas naranjas, que van de aquí para allí, o por los dos ríos que envuelven la ciudad.






Cuatro días permanecimos atrapados por el pausado ritmo de Luang Prabang: paseíto por aquí, una visita a algún templo por allá, ahora nos tomamos un riquísimo batido de Oreo (¡qué gran descubrimiento!) y ahora nos comemos un riquísimo bocadillo en una de las paradas del mercadillo nocturno. 


 



Una de las principales atracciones de Luang Prabang es ir a alguno de los campamentos de elefantes que hay por los alrededores y pasar un ratito con estos increíbles animales. Tardamos en decidirnos porque queríamos asegurarnos de que nuestro dinero iba a una organización que realmente velara por ellos. Hay diferentes campamentos y en algunos parece ser que no los tratan demasiado bien.  Optamos por Elephant Village y por dar un paseo con ellos de una hora, luego subir el río en barca y darnos un remojón en unas cascadas. Tenemos que decir que nos quedamos con las ganas de hacer la excursión del día entero porque, además, te podías meter en el río con ellos para bañarlos. Pero, bueno, ya sabemos que  nuestro presupuesto es limitado, así que tendremos que volver :)


La experiencia no pudo ser mejor. Cuando llegamos, nos estaban esperando cinco o seis elefantes. 

Impresiona bastante verlos campar a sus anchas. Siempre los habíamos visto en el zoo o en el circo; nunca habíamos estado tan cerca de ellos y la sensación es genial. Son enormes pero despiertan un cariño difícilmente explicable. Nos contaron que el campamento se creó para rescatar a los elefantes, pues hoy en día ya no trabajan en el campo (utilizan máquinas) y como su amos no los pueden mantener (comen 250 kg al día y beben 150 l), los abandonan o los sacrifican. Gracias a las donaciones de gente local,  turistas y al dinero que pagan éstos por las diferentes actividades, los pueden cuidar como se merecen.


Al fin llegó el momento de subirnos a Mae San, nuestro elefante: nosotros íbamos en una cesta y el mahoud, en la nuca dirigiéndolo. Pasaron cinco minutos y el dueño nos preguntó si queríamos llevarlo nosotros. Por supuesto, Fran dijo que sí y no bajó hasta que llegamos de nuevo al campamento. También pudimos dar de comer a nuestro nuevo amigo, que se zampaba los plátanos como cuando nosotros comemos pipas. Era muy gracioso ver cómo te acercaba la trompa para conseguir alguno más. Finalmente, nos despedimos de ellos con pena, pues nos hubiera gustado quedarnos allí tres o cuatro días.