jueves, 25 de octubre de 2012

Día 32. Don Tenorio y señora Socorro


Regresamos al valle central despacio y con buena letra. Las carreteras están en muy mal estado por las lluvias y el coche a veces no nos hace demasiado caso. Cuando llegamos a la zona del volcán Tenorio, paramos en El Barrigón a comer: gallo pinto (muy típico de Costa Rica) y una pizza al horno de leña. Ya con el estómago bien calentito, nos disponemos a buscar un albergue/posada/hostal baratillo. Evitamos un primer lugar que nos da bastante grima… Muy barato, pero muy grimoso, así que pasamos y nos dirigimos a casa de la señora Socorro. 

La señora Socorro podría ser la abuela de cualquiera de nosotros, hiperactiva y con cuerda para rato. Trabaja desde los ocho años y ha criado a seis hijos y nueve nietos. Ahora dice que se toma la vida suave y que quiere vender unas tierrecillas que tiene por ahí para modernizar el alojamiento y poner un jacuzzi. Un saludo desde aquí a la señora Socorro y a sus dos loros: Francisco y Francine (aún se está riendo la buena mujer cuando Fran le dijo que se llamaba Francisco).

Al día siguiente amanece soleado, así que después del desayuno que nos prepara la señora Socorro (gallo pinto, huevos revueltos, queso, pan, piña y plátano…!!) cogemos rumbo al volcán. Hacemos una ruta preciosa que pasa por un río, unos borbotones y una cascada.





Espectacular. Aunque lo más espectacular es que el río en un punto concreto pasa de tener un aspecto totalmente cristalino a un color azul (tipo suavizante Mimosín) gracias a la concentración de minerales.



Y divertidísimo. Entre otras cosas por un par de puentes colgantes que tuvimos que cruzar y que no daban demasiada seguridad, sobre todo porque de uno de ellos se iban levantando los tablones a medida que los íbamos pisando.





Además, cuando estamos a medio camino de vuelta empieza a llover, al principio pensamos en sacar los chubasqueros, pero como creemos que estamos a punto de llegar al coche, no lo hacemos. Así que nos es imposible empaparos y embarrarnos más. Aunque con el calor y la humedad que hace…, la lluvia no nos viene nada mal.


Cuando llegamos al coche y nos cambiamos, ponemos rumbo al volcán Arenal. Aún no lo sabemos, pero en el pueblo de El Castillo, casi casi donde Dios perdió la zapatilla, nos espera el alojamiento más original en el que hemos estado nunca.