domingo, 7 de octubre de 2012

Día 14. San Juan Chamula, Zinacantán y San Cristóbal de las Casas


Aviso para lectores perezosos: esta entrada nos ha quedado mucho más larga que las anteriores, pero también es mucho más interesante :)


Hemos leído que el trayecto en autobús desde Palenque hasta San Cristóbal de las Casas puede ser un poco peligroso, no por las curvas de la sierra sino por los asaltos a los autobuses. Antes de comprar el boleto, preguntamos a gente de por aquí. Nadie mejor para informarnos. Nos cuentan que estos últimos años la cosa ha cambiado mucho y que apenas se producen asaltos. De hecho, los autobuses nocturnos, que en teoría son los más afectados, van escoltados de pueblo en pueblo por la policía federal. 

Nos quedamos más tranquilos, vamos a salir a las siete de la mañana y nos encargamos de distribuir bien nuestros objetos personales entre diferentes escondrijos que no vamos a revelar aquí :) Además, en cuanto ponemos un pie en el autobús, nos quedamos bien fritos, y eso que el concierto de Britney Spears que nos enchufa el autobusero ya a primera hora nos tienta a seguir despiertos (¡!).

Lo primero que vemos en San Cristóbal son un par de pueblos de los alrededores: San Juan Chamula y Zinacantán. En Zinacantán visitamos a una familia indígena, todos muy amables, nos invitan a tacos con frijoles, guacamole, queso, salsa de tomate y semillas de calabaza (¡exquisito!), y nos compramos una bufanda (ya hemos dicho que aquí hace un frío que pela).




San Juan Chamula nos impacta de los pies a la cabeza. Primera parada: el cementerio. Al parecer, antes de la conquista española, los indígenas enterraban a sus muertos en casa. Llegaron los conquistadores españoles e impusieron sus costumbres: todos al campo santo. Utilizan cruces de diferentes colores para identificar si el enterrado es un anciano (cruz negra), un adulto (cruz verde) o un niño (cruz blanca). Y cada cumpleaños, añaden una cruz, por eso no es extraño que una misma tumba esté coronada por tres, cuatro, cinco cruces. 




Siguiente parada: el mercado. Vemos a muchas mujeres ataviadas con faldas de lana y a muchos hombres con casacas también de lana. Es lana de oveja. Otra imposición, para diferenciar a los sometidos del resto. Cuando colonizaron estas tierras, los españoles trajeron ovejas, vacas y la caña de azúcar para producir alcohol (y con éste enajenaron a media población, así era más sencillo imponer su voluntad…). Hasta entonces, los indígenas se abrigaban con pieles de otras reses. Hay decenas de paradas en las que venden fruta, especias, cuencos hechos con calabaza, chales, caminos de mesa, palomitas… 




Y finalmente: la iglesia, en la que no se practica ningún sacramento. Se lleva a cabo un ritual para sanear el alma y el espíritu que, al parecer, también impusieron los conquistadores españoles con los judíos convertidos al catolicismo en España. El ritual consiste en lo siguiente: el curandero o la curandera restriega unas cuantas ramas por el cuerpo de la persona que se quiere limpiar de toda mala energía. Por si hubieran quedado restos, frota de nuevo el cuerpo con un huevo de gallina. Éste deja de ser comestible (está lleno de malas vibraciones), por eso lo entierran tan hondo que ni siquiera los perros lo pueden oler. A continuación, el implicado bebe un trago de pox (ron). El curandero prosigue el ritual frotándole una gallina por el cuerpo y, de seguido, hace que ésta entre en calor pasándola por encima de las velas que rodean la escena. La pobre acaba siendo sacrificada. El sujeto que quería ser limpiado de todos sus pecados y malas energías acaba bebiendo un traguito de alguna bebida gaseosa (Fanta mismo) para, con un eructo, expulsar los últimos restos de mal karma.  

Presenciamos este ritual en la iglesia, sólo a la luz de las velas y con el suelo lleno de pinaza (lo ponen para dar la bienvenida a los observadores). Hay como cuatro familias realizándolo, gente orando, y otra mucha contemplándolo todo. 


Regresamos al hostal bastante impactados por lo cerca y lo lejos que están San Juan Chamula y San Cristóbal de las Casas. Apenas hay quince minutos en van, pero están a cientos y cientos de siglos de distancia. Y en cierto modo, esto tiene su encanto. 

San Cristóbal nos despide con lluvia, pero nos regala una mañana casi de primavera en la que podemos callejear y pasear por el mercado municipal sin prisas, y convencernos de que podríamos vivir aquí. 







Nos relajamos antes de las trece horas de autobús que nos quedan hasta Puerto Escondido.