viernes, 25 de enero de 2013

Día 106. Santiago de Chile


En Santiago tuvimos unas guías de excepción: Cata, Mari e Isi. Y nos alojamos en uno de los mejores hostales en los que hemos estado desde que salimos de Barcelona: casa de Ale. Desde aquí, un millón de gracias a todas. ¡Fueron dos días geniales!


El primero, pateamos la ciudad, literalmente. Empezamos a mediodía y llegábamos a casa a las once y pico de la noche. Estuvo genial. Antes de iniciar la ruta fuimos a comer al mercado central y cuando salimos, nos adentramos en La Piojera, una especie de Ovella Negra con gente ya muy afectada a las tres del mediodía por los Terremotos, una bebida alcohólica con helado incluido, y las Réplicas. 



Luego paseamos por diferentes barrios, pasamos por el museo de Bellas Artes y el de Arte Contemporáneo, subimos al cerro de Santa Lucía (gracias a que Fran le dijo al guarda que veníamos desde España exclusivamente para ver toda la ciudad desde dicho cerro) y después de pasar por la biblioteca municipal nos fuimos a ver un espectáculo extraordinario: jirafas de ocho metros que paseaban por la ciudad al ritmo de la música. 








Con motivo del festival cultural Santiago a Mil, pudimos ver ese espectáculo callejero realizado por la compañía francesa OFF. Fue el mejor modo de acabar el día en la ciudad más europea que, de momento, hemos visto en Latinoamérica. Así y comiéndonos una salchicha con olivada, bacon, mostaza, cebolla… ¡Mmm! 





El día dos fuimos a los Dominicos, un pueblito de artesanos chulísimo, lleno de cestos de mimbre, figuras talladas en madera, cuadros, bisutería, ropa, animales y plantas. A pesar de que se trata de un lugar muy turístico, es al mismo tiempo muy tranquilo para desconectar del centro. 



 Seguimos la visita subidos en una especie de turibús para locales e hicimos parada en el Museo de la Memoria Histórica, escalofriantes los testimonios que sufrieron la tortura de Pinochet; en el centro histórico, para fotografiarnos con los guardas de la Moneda; en el barrio de Lastarria y en infinidad de lugares más. 





Esa última noche regresaba Ale, así que acabamos cenando en su casa todos juntos: ¡cerveza con fanta de naranja y pizza! Teníamos que coger fuerzas porque al día siguiente empezábamos nuestro primer voluntariado. Para los siguientes quince días habíamos conseguido trabajo a cambio de alojamiento y comida en un lodge en San Fernando. Queríamos llegar con las pilas bien cargadas, allí nos esperaba mucho trabajo, gente estupenda, comida rica y un barril lleno de aguiiita caliente.