martes, 2 de octubre de 2012

Día 9. ¡Adiós, Playa! ¡Hola, Mérida!


Nos despedimos de casa de Eli con un último chapuzón en la piscina y con unos tacos  a la irlandesa riquíiiisimos. Nos da mucha pena irnos porque hemos estado muy muy bien estos días, pero debemos seguir, que aún nos queda mucho por recorrer.




Agarramos el autobús a las diez y media y pocas horas después llegamos a Mérida. Los tonos apagados no caben en esta ciudad, Mérida es el lugar más colorido que he visto nunca. Y encima nos reciben en fiestas. Esa misma noche salimos a ver unos bailes tradicionales, pero nos lo tomamos con calma. Acabamos de llegar y nos apetece descansar, bueno, en realidad lo que nos apetece es tumbarnos a la bartola en las hamacas de la piscina. Y eso mismo hacemos esa tarde y todo el día siguiente. Aunque a primera hora de la mañana salimos a ver el centro, para que no se diga. 








Mérida es bonita y merece una visita, y lo mismo decimos del hostal. Es el primero al que vamos y no podríamos haber acertado más. Es un edificio colonial regentado por un chico de Madrid. Hay muchas habitaciones, dobles, colectivas, con baño, sin baño… Y las paredes están pintadas de diferentes colores bien chillones, ¡alegría por todas partes! Hay plantas en cada rincón y hamacas para echar la siesta en cada equina. Pero nos repetimos: lo más afortunado es la piscina y las hamacas que cuelgan sobre ella. Se está en la gloria.






Después de pasar tres días en Mérida, agarramos un autobús hacia Palenque. Nos esperan ocho horas de asiento mullido y un alojamiento en plena jungla. ¡La cosa promete!