miércoles, 7 de agosto de 2013

Día 303. Bali, la isla de las cometas

Desde el principio hemos querido acabar el viaje en Filipinas o Nepal. A estas alturas ya sabemos que, debido al clima de dichos países en esta época del año, no va a poder ser ni en un sitio ni en otro, por eso volamos a Bali convencidos de que si el viaje tenía que acabar en breve, éste iba a ser el lugar perfecto para cerrarlo: olas, playas, buen tiempo y cerveza fría. La mala noticia es que poco de todo esto encontramos en la meca de los surfistas. ¿Las buenas? que teníamos el paraíso a la vuelta de la esquina y que Indonesia no iba a ser la última parada. 


Nada más aterrizar en Denpasar empezamos a intuir lo que nos esperaba la siguiente semana: turistas y más turistas. Lo que no imaginamos es que la isla estuviera tan poblada de gente, motos, coches y camiones. Y eso nos pasa por no mirar el mapa. Andábamos tan cegados con la idea de disfrutar del surf y la playa que nos imaginamos Bali como una Formentera asiática cuando en realidad es más bien como dos Mallorcas, pero llena de franceses y españoles.



Fuimos súper bien acogidos por Marta, la gerente del hotel Mote Surf, nuestra casa durante los siguientes diez días. Un lujazo con piscina y un baño descubierto de revista. Alquilamos una moto y empezamos a explorar la isla al tiempo que Fran se reencontraba con las olas. 






 Estuvimos en Kuta, donde se concentra todo el ocio diurno y la marcha nocturna; subimos por la costa casi hasta llegar a Medewei, uno de los buenos spots para hacer surf; bajamos hasta Padang Padang y Uluwatu para observar las olas perfectas, sólo aptas para surfistas muy experimentados; visitamos el templo de Tanah Lot y Uluwatu, y nos acercamos hasta Ubud para conocer a los monos. 




También vimos los alrededores de Amed, que son preciosos la verdad, pero por algo que contaremos en la siguiente entrada hubiéramos pagado por irnos de aquí sin verlos.




Tardamos tres o cuatro días en aceptar que aquello no era lo que en principio teníamos en mente; en realidad, nadie nos había dicho que Bali fuera el paraíso. A Bali se viene a hacer surf, y de hecho es casi el paraíso para los surfistas, así que decidimos dejarnos llevar por la rutina de surfear por la mañana, ir a comprar el desayuno de vuelta al hostel, recorrer los alrededores, comer, descansar en la piscina por la tarde y salir a cenar. Hiciera el tiempo que hiciera y sin tener en cuenta el rato que tuviéramos que pasar encima de la moto.




 Un amigo nos dijo que durante la primera semana íbamos a odiar la isla. No fueron tantos días pero es cierto que al principio no nos gustó nada. Ahora bien, pasado cierto tiempo y contagiados por el estilo de vida, uno incluso puede imaginarse viviendo allí, en un mundo totalmente diferente al nuestro: con diferentes ceremonias religiosas al día, comiendo en warungs, escuchando las oraciones por megafonía a primera y última hora del día, y conviviendo con gente amabilísima. Lástima que al gobierno se le haya ido de las manos el tema del turismo y se puedan ver imágenes tan surrealistas como a un señor reconstruyendo el suelo de un templo con canciones de Rihanna de fondo provenientes del burguer de enfrente. 


La segunda parte de nuestros días en Indonesia iba a tener lugar en islas más pequeñas, pero hay tantas y tan diferentes que no sabíamos cuáles elegir. Además, el tiempo no nos estaba acompañando demasiado, por lo menos en Bali, y la idea de trasladarnos a otras islas con las mismas nubes nos tenía un poco desinflados. Nos hubiera gustado acercarnos a Komodo y Flores para ver los dragones y porque nos habían dicho que esta área a nivel de fauna y flora marina es espectacular, pero no disponíamos de tantos días, así que nos decidimos por las vecinas Lembongan y Gili Meno, la más tranquila de las tres Gili. Y acertamos de pleno. Pero eso ya os lo contamos en la siguiente entrada.