jueves, 17 de enero de 2013

Día 104. Valparaíso y el arte callejero

Después de más de diez días en el desierto, Valparaíso fue como un soplo de aire fresco.  Tras veintitrés horas de autobús y cero comida (nos acostumbraron muy bien en Perú), llegamos a la ciudad, agarramos el trolebús (un bus eléctrico), un ascensor, subimos los cincuenta escalones del cerro Alegre y llegamos al hostal casi sin oxígeno. 



El hostal ocupaba una casona espectacular: dos plantas de techos altos y una terracita desde la cual veíamos la puesta de sol con el mar de fondo, suelo y techos forrados de madera, cristalera de colores y unos nórdicos tan agradables que con rozarlos te quedabas dormido. 



El centro de la ciudad lo disfrutamos poco, vimos el puerto, un par de plazas bastante céntricas y el J. Cruz, el mejor local para comer chorrillana, una exquisita montaña de papas con huevo, cebolla y carne. El bar está en un callejón sin salida en el que yo no entraría pasadas las nueve de la noche, pero el interior es casolà, casolà. Tiene toda la pinta de ser un lugar de universitarios, y las mesas y las paredes están forradas de mensajes escritos con boli. Turistas y no turistas dejan huella de su paso. Así que cuando nos calentamos la tripita con papas, hicimos nuestra contribución en una servilleta y la colamos por una de las rendijas del aparador en el que se exponían los prismáticos. Allí quedará hasta la posteridad, o hasta el próximo curso.






Pero lo que más nos gustó de Valparaíso fueron los cerros: Alegre y Concepción. Pasamos dos días paseando por sus callejuelas, investigando todos los rincones, las tiendecitas de moda, artesanías y cosas modernas. Más de una que yo me sé se hubiera llevado las cosas por kilos. Tranquilas, he apuntado todas las webs. 







Una vez asumí que no tengo espacio en la mochila para más zapatos ni bolsos, seguimos fotografiando los graffitis, las fachadas y demás bohemidades de la zona. Se trata de un barrio con muy buen rollo, un montón de restaurantes, cafés y miradores en los que sólo estar. Además, los ascensores para subir y bajar de los cerros también tienen su encanto. Por un momento parece que estemos en las empinadas calles de Lisboa. 









Nos despedimos de Valparaíso con mucha pena porque el lugar tiene magia y con una botella de dos litros de Gato negro (una especie de Don Simón embotellado); y es que ya se sabe, las penas con vino son menos penas.