jueves, 27 de diciembre de 2012

Día 75. Aguas calientes y Machu Picchu


Pasamos una noche en Aguascalientes para poder llegar a Machu Picchu a primera hora. También compramos la entrada para subir a Wainapicchu, la montaña que protege a MAPI y desde la cual se pueden disfrutar de unas vistas de la Ciudad Sagrada impresionantes. 

Aguascalientes no tiene nada. Bueno sí: millones de bares, restaurantes y hoteles para turistas. Lo que más nos sorprendió es que cuando llegas por narices tienes que pasar por dentro de un mercado de artesanías. Por si fuera poco, desde el tren hasta la entrada del mercado nos vimos rodeados por un paseíllo de personas que nos ofrecían de todo. ¡Menudo agobio! Suerte que sólo era una noche…



A las seis de la mañana ya estábamos en la entrada de Machu Picchu, impacientes. Mucha gente nos había dicho que por mucho que imagines, en este caso la realidad supera la ficción. Y así es. La sensación de estar en Machu Picchu prácticamente solos es indescriptible. A las seis de la mañana hay gente, pero cruzamos toda la ciudadela para llegar a las puertas de Wainapicchu sin nadie que nos entorpeciera la visión. Fue uno de los momentos más mágicos de lo que llevamos de viaje: Fran, yo y una llama enooorme en medio de la ciudadela, aún con las primeras brumas. 






Parecía que iba a despejar, pero todavía teníamos que subir el Wainapicchu. Una ascensión de una hora sin tregua, escalón tras escalón, agarrándonos a las cuerdas enganchadas a la pared y a no sé cuántos kilómetros de altura que no facilitaron nada la tarea. Si a eso le añadimos la gastroenteritis y los cinco kilos que llevábamos cada uno a la espalda… vamos, que al bajar nos tendrían que haber dado una medalla. Sobre todo cuando nos dimos cuenta de que en la entada de Machu Picchu hay un guardarropa donde se pueden dejar las mochilas (¡aaarg!). 






La cima de Wainapicchu es un auténtico festival. Todos los turistas que suben en el primer turno llegan más o menos a la misma hora. Allí conocimos a unos chicos de Madrid y a una chica de León que está viviendo en Chile. Y eso que la roca que corona la cima debe de tener unos dos metros cuadrados.  Eso sí, las vistas desde ella quitan el sentido. Mientras subíamos teníamos dudas: no sabíamos si al final iba a despejar, así que cuando llegamos a la cima y vimos que Machu Picchu se veía impresionante, podéis imaginar lo contentos que nos pusimos.




El descenso es mucho más rápido y divertido, y uno baja también más animado porque sabe que toca pasear por todo Machu Picchu: las terrazas, el templo del Sol, el del Cóndor, la zona de las hechiceras…








Acabamos reventados y todavía teníamos que bajar a Aguascalientes en tren, coger un autobús en Ollantaytambo que nos llevara a Cuzco y en Cuzco agarrar otro que nos dejara en Arequipa. Suerte que la bajada en tren a Aguascalientes fue una auténtica fiesta. ¡Hacía tiempo que no nos reíamos tanto! Y es que el divertimento del tren no tuvo desperdicio: un hombre vestido de gato con un traje tradicional lleno de cascabeles se paseaba por el pasillo saltando, bailando y aplaudiendo, pero lo mejor fue cuando los azafatos hicieron un desfile de moda con prendas hechas con lana de alpaca. ¡Y Fran y yo que creíamos que era una broma cuando lo anunciaron por megafonía! ¡Qué hartón de reír! ¡Y qué gran modo de terminar el día!