lunes, 19 de noviembre de 2012

Día 53. Santa Catalina y Santa Fe


Llegamos a Santa Catalina agotados. Nos hemos levantado a las cinco de la mañana para agarrar el primero de los tres autobuses que tenemos que enlazar y sólo queremos llegar, descargar la mochila y darnos una ducha. Por suerte, el alojamiento está de lujo: delante de la playa y lejos del pueblo. 



Cuando llegamos a Hibiscus Garden, la marea está tan baja que puedes andar y andar sin mojarte los pies. No hacemos mucho porque mañana tenemos previsto ir a surfear, rondamos por el lugar, nos tumbamos en una hamaca a escuchar como uno de los chicos que viven allí toca el ukelele y charlamos con uno de los voluntarios, un valenciano que lleva  algunos meses trabajando en la granja del hostal. El ambiente es muy relajado, así que aprovechamos para leer y empezar a poner en marcha la ruta por Perú. 





Creo que en este hostal tomamos una de las mejores decisiones hasta el momento: cenar en el restaurante. Y optamos por el plato fuerte: lubina con langosta, gambas, verduritas y arroz. “Para dos, por favor.” Aquí va una foto:



Está todo exquisito. Es la segunda langosta que comemos en veintinueve años y creo que podríamos comer un par o tres de ellas al mes perfectamente. Disfrutamos como niños, ¡es que está todo riquísimo!

Al día siguiente vamos con una chica y un chico alemanes a hacer surf. Mientras Fran y ellos surfean, yo tomo el sol y leo. Pasamos el día en la playa, lástima que la última media hora empieza a llover como si el mundo estuviera a punto de acabar. Cogemos las toallas y las mochilas y corriendo nos vamos para el coche. Antes de llegar al 4x4 tenemos que cruzar un río: falda por los hombros, mochila en la cabeza y un zapato en cada mano. ¡Aquí el clima es la atracción principal! 








Dejamos Santa Catalina para ir hacia el interior, hacia Santa Fe (de santos va la cosa, en unos días iremos a San Blas). El paisaje que envuelve Santa Fe es asombroso, montañas diminutas, de verdes intensos y una brisa que agradecemos muchísimo después de los días de calor que estamos pasando. 




Hacemos una excursión de unas cinco horas (cómo no, nos perdemos) con un lugareño machete en mano que decide unirse a nosotros a medio camino. Nos cuenta sobre su familia, sobre el trato que los panameños dan a los turistas y nos hace mil y una preguntas acerca de Europa. La cosa va más o menos como sigue: 

-¿De dónde sois?
-De España, de Barcelona. 
-Ah…  Justo ayer estaba leyendo sobre la historia de España. Cuántas cosas han pasado, ¿verdad? Conquistas y guerras… La mayoría de los panameños creen que los españoles fueron unos maleantes y que acabaron con todo. Pero, claro, yo digo: “Pues si llegaron aquí y los atacaron los salvajes, bien se tendrían que defender, ¿no?
-Bueno, tampoco hay que…
-¿Y Francia qué tal? ¿Están fuertes verdad?
-Sí, pero Alemania es la que maneja el cotarro ahora porque…
-Justo ayer estuve viendo un reportaje en televisión sobre la guerra de los alemanes. Una guerra que empezó por las envidias, eso fue lo que pasó. Porque, claro, los alemanes siempre han sabido mucho, sobre todo de ciencia y tecnología, y siempre han sido muy fuertes.
-Hay mucho  europeo que se está yendo a Alemania por trabajo y…
-¿Italia cómo es? ¿Aún hablan latín?
-Nosotros sólo hemos estado en Roma y no ya no…
-¿De dónde sois vosotros?
-De España.
-¡Ah, España! ¿Y África cómo es?
[Silencio]

Sinceramente, creo que el señor buscaba más a alguien que le escuchara que a alguien con quien mantener una conversación. Y ahí estuvimos nosotros, asintiendo todo el rato y con los oídos bien abiertos, al tiempo que intentábamos respirar algo de aire puro mientras subíamos trescientos metros de empinadísima pendiente. 




La ventaja de estar solos en el hostal es que el dueño, un argentino aficionado al fútbol, claro, nos invitó a cervezas y a ver el partido Panamá-España. 




Esa misma noche llegaron un par de chicos que habíamos conocido en Boquete: Maria y Toirealach. Encontrarnos a gente con la que hemos coincidido en otros lugares nos hace una ilusión tremenda.  Por poco que hables con ellos y por breves que sean las relaciones que establecemos, unas con más feeling que otras, compartes tiempo y vivencias. Por un rato, son tus amigos a tantos kilómetros de casa. Con esta pareja de recién casados nos entendemos bien. Y es curioso porque unos días más tarde los volveremos a ver en ciudad de Panamá (¡un saludo, chicos, y muchas suerte con vuestros proyectos!). 

En Santa Fe descansamos muchísimo y pensamos que antes de ir hacia ciudad de Panamá y San Blas sería buena idea hacer surf una vez más, así que ponemos rumbo a playa Venao, sólo tenemos que enlazar como cinco minibuses y pasarnos todo un día viajando, pero seguro que la experiencia vale la pena.