sábado, 10 de agosto de 2013

Día 311. Los martes, ni te cases ni te embarques

Y nosotros decidimos embarcarnos. Pero empecemos por el principio, que, además, es la parte buena. 

Llegamos a Nusa Lembongan en apenas una hora de barco, pero hacía tanto calor que en cuanto encontramos el alojamiento dejamos las mochilas y nos tiramos a la piscina. Era bastante tarde y aún teníamos que comer, así que decidimos dejar lo de alquilar una moto para el día siguiente y dedicar la tarde a explorar esa parte de la isla a pie. En realidad, no había mucho que explorar, pero encontramos otro alojamiento la mitad de barato y en primera línea de playa para los siguientes días. 



Lembongan es una isla bastante pequeña a la sombra de las hermanas Gili y de Bali. Injustamente infravalorada, es el Bali que nosotros teníamos en mente: playas escondidas, calas desiertas y preciosos acantilados. Además, tiene un bosque de manglares y conecta con otra isla mucho más diminuta a través de un puente: Nusa Ceningan. Por desgracia, no la pudimos visitar porque la tormenta de hacía unos días se había llevado el puente por delante.

Todo lo que sube...

... baja



Llegamos a Indonesia pensando en descansar, tomar el sol y no hacer nada, y aquí encontramos el lugar perfecto para hacerlo. Además, un gran porcentaje de turistas se siente atraído por el resto de islas, descritas en la guía como mucho más exóticas y fiesteras, por eso Nusa Lembongan se convirtió para nosotros en el lugar perfecto para disfrutar de nuestras vacaciones. Aunque sabemos que desde fuera es complicado entenderlo, un viaje como éste también requiere unas pequeñas vacaciones :d



 



Lembongan nos encantó. Nos relajamos todo lo que quisimos, leímos, comimos, paseamos, nos bañamos en aguas turquesa, hicimos fotos, bebimos, volvimos a comer… ¿Qué más se puede pedir? ¿Una isla aún más pequeña, más tranquila y con aguas increíblemente cristalinas? Hecho. ¡Nos vamos a Gili Meno!



Cuando uno piensa que ya ha visto islas increíbles y llega a Gili Meno, se queda encantado. Por lo menos eso es lo que nos pasó a nosotros. Gili Meno es diminuta, se puede rodear a pie en una hora y puedes pasarte el día entero compartiendo una playa de arena blanca con tan sólo dos personas más, ya que de nuevo los turistas suelen elegir entre Gili Air o Gili Trawangan, con más música y alcohol. Cuando llegamos, después de casi tres horas de barco, nos dirigimos al hotel y luego a zambullirnos directamente en el mar. 

 

 

No hay país del que no tengamos algo que explicar en relación con los hoteles. Si en Nusa Lembongan nos quisieron meter en una habitación más cara porque no les quedaban básicas con ventilador, como la que habíamos reservado, en Gili Meno acabamos en otro alojamiento porque semanas antes un suave terremoto había acabado con las cañerías del hostel en el que habíamos hecho la reserva. La habitación estaba muy bien, pero una vez más salimos a buscar otra cosa y encontramos EL alojamiento del viaje: una cabaña de bambú a tres metros del mar. Cuando subía la marea casi podías toca el agua con los dedos de los pies :-) 


 

 

Como en Nusa Lembongan, los días en Gili Meno fueron la mar de tranquilos y silenciosos. Sólo interrumpidos por los cascabeles de alguno de los caballos que tiran de los carros a modo de taxi. Y es que tanto en esta Gili como en las demás, no está permitido el transporte motorizado. Así de idílica fue nuestra estancia en estas islas hasta que decidimos irnos y volver al lío.


Se suponía que la cosa tenía que ser sencilla y relativamente rápida: desde Gili Meno hasta nuestro hostel había unas cuatro horas. La realidad fue la siguiente. Llegamos a Gili Trawangan a primera hora de la mañana, desde la mayor de las Gili íbamos a agarrar el bote que nos llevaría a Bali en unas dos horas. Hicimos tiempo desayunando y paseando y a la hora acordada estábamos en la agencia.

Cuando llegó el barco, con una media hora de retraso, la tripulación abrió dos de los tres motores y empezó a trastearlos. No quisimos augurar nada malo, así que nos engañamos pensando que serían tareas de mantenimiento. Con todo listo, subimos a bordo y partimos. Sólo habían pasado diez minutos de trayecto cuando uno de los motores empezó a hacer un ruido raro. Un segundo después se paró. Los turistas nos miramos extrañados y miramos también a los miembros de la tripulación, que hablaban entre ellos con gestos bastante claros.  Uno de los motores había fallado y volvíamos a Gili Trawangan para arreglarlo, pues hacerlo allí en medio del mar con el oleaje resultaba complicado. 


Desembarcamos y tras decirnos que no nos preocupáramos porque lo iban a arreglar enseguida, añadieron que si por algo no lo podían solucionar ése era el único barco con el que ellos trabajaban y que también era el último del día hacia Bali. ¡Genial! Nosotros nos lo tomamos con bastante tranquilidad, no nos hubiera importado nada quedarnos otro día más en las islas, pero había gente que esa misma tarde tenía que agarrar un avión. También hubo quien, con un cabreo monumental, pidió que le devolvieran el dinero, pero eran unos chicos que a la ida también la habían liado un poco. Por lo general, todos reaccionamos bastante bien. Y convencidos de que íbamos a llegar al destino.

Media hora después, con una hora de retraso y cuando parecía que todo estaba arreglado, volvíamos a emprender rumbo a Bali. En esta ocasión el motor aguantó algo más, pero volvió a fallar así que nos preparamos para dar media vuelta de nuevo. Sin embargo, seguimos adelante porque, al parecer, ya estábamos demasiados lejos de la isla. Decidieron ir tirando con  dos de los tres motores, más despacio y ya está. El tema es que en el trozo de océano que separa Bali de las Gili hay unas corrientes y unas olas brutales, y aunque intentaron arreglar el otro motor en marcha, no lo consiguieron. Mientras tanto, cada vez más gente iba pidiendo bolsitas de plástico y se pasaba pastillas para el mareo. Aparte del vaivén del mar,  el calor que hacía dentro del barco era insoportable y no podíamos abrir las ventanas porque entraban las olas a pares. 


Cuando pensamos que ya nada podía ir peor, se rompió un segundo motor. Durante un buen rato navegamos a dos por hora y aquí nos empezamos a poner nerviosos. Los que tenían que coger un avión y los que no. Sólo queríamos llegar sanos y salvos, y la tripulación sólo hacía que sacar destornilladores y botes de líquido engrasante y rezar (no es broma). ¿Por qué nadie avisaba por radio de que estábamos teniendo tantos problemas?

Tres horas después llegamos a Bali, ¡qué bien! Nooooo. Qué bien si hubiéramos llegado a Sanur, que es donde nos tenían que desembarcar a todos y repartirnos por los hoteles. En cambio, nos dejaron en Amed, a unas dos horas de Sanur. Nos dijeron que llegar hasta Sanur o Padang Bay con un solo motor era demasiado peligroso, por eso habían cambiado la ruta. Así que nada, después de tres horas en barco, siguieron dos horas más en los taxis que fue parando el capitán del barco en medio de la carretera. Buscándole el lado positivo, vimos una parte más de la isla, la del norte y la que, paradójicamente, nos pareció más bonita.


Al fin, a las ocho de la noche llegamos a Sanur y un segundo taxi nos acercó a nuestro hotel, al que llegamos pasadas las nueve, con unas cinco horas de retraso y un cabreo monumental. No hay que olvidar que el primer barco lo habíamos agarrado a las ocho de la mañana. Pero lo peor de todo es que después de llegar a Bali, el barco tendría que haber seguido rumbo a otras islas a dejar a otros pasajeros. Evidentemente, estos pasajeros no llegaron a su destino y tuvieron que dormir en Amed. Por lo menos es un pueblo bonito.   

La guinda de toda esta historia es que era el cumpleaños de Débora. Y lo que tenía que haber sido un día tranquilo de comilonas, playa y cuatro horas de traslado, acabó convirtiéndose en  la mismísima Odisea.


A pesar de todo, nos despedimos de Indonesia contentos por haberla visitado y muy morenitos. El siguiente avión nos llevaría hasta Malasia y con ella recuperaríamos la esencia del viaje: mochilas a los hombros, dormitorios compartidos y comidas por un dólar.