viernes, 12 de julio de 2013

Día 282. Verde que te quiero verde: Ngon Khiew y Luang Nam Tha

Llegamos a Nong Khiew con muchísimas ganas. Lo que habíamos visto de Laos hasta el momento nos había gustado. Radicalmente diferente a Vietnam, lo que más nos había llamado la atención era el ritmo pausado de este país. Aquí parece que no hay prisa ni caras largas. 

Todo el mundo sonríe y parece que están contentos de ayudarte; eso sí, tienes que seguirles el ritmo: esperar cuarenta y cinco minutos para que te sirvan la comida es normal, igual que esperar cinco horas a que llegue el autobús. Pero ¿quién ha dicho que tengamos prisa? Es fácil contagiarse de este ritmo, sobre todo si llevas mucho tiempo viajando. 


Pues eso, que llegamos a Ngon Khiew encantados de la vida. Anclada en un valle y dividida en dos por un río, esta mini aldea nos pareció el aislamiento perfecto. Cuando llegamos casi no había turistas. Nosotros, una pareja de alemanes, una chica canadiense y un chico de Holanda.  A todos ellos los conocimos en el trayecto desde Luang Prabang y con ellos pasaríamos los siguientes días. 


Hicimos una excursión muy chula por los arrozales y los campos de maíz de la zona. Visitamos también algunas aldeas y comimos a los pies de una cascada, como bandeja utilizamos una caña de bambú y las hojas de plátano las empleamos como mantel. 


La comida estaba extremadamente rica: una especie de pisto, carne en salsa picante y bambú, todo con arroz “pegajoso”. Lo de “pegajoso” no suena demasiado bien, pero es el arroz típico de Laos y está bastante rico si le añades alguna salsa. 

 


La única complicación de la excursión fue que como estamos en época de lluvias todo el terreno estaba muy enfangado. Tanto que la mejor opción fue andar descalzos. Así que durante una hora y pico estuvimos con el barro hasta los tobillos, constantemente vigilando para no resbalar con las piedras y atentos para matar cualquier sanguijuela que quisiera treparnos. Es increíble lo fuerte que pueden absorber esos bichos asquerosos, incluso los que sólo miden cinco milímetros. 






Terminamos el día regresando al pueblo en kayak. Era mi segunda experiencia con esas “barcas”. La primera, hace más de doce años, acabé estampada en las rocas de la playa. Esta segunda fue mejor porque estaba Fran. Si hubiera ido yo sola hubiera perdido un remo y hubiera volcado en los rápidos fijo...

El norte de Laos es espectacular. Es verde, tupido, tradicional. Uno tiene la sensación de que está en el Laos de verdad. Apenas hay tuk-tuks, masajes o carreteras asfaltadas. Lástima que los chinos puedan meter tanta mano. Al parecer, Laos es el mercado de China, es decir, aquí compran desde madera hasta setas. A cambio, les proporcionan cierto “apoyo” económico construyéndoles presas y carreteras. A Laos le debe de resultar complicado rechazar la “ayuda” china, pues se encuentra entre los veinte países más pobres del mundo, pero como sigan a este ritmo, en diez años lo han asfaltado todo y han convertido los ríos en auténticas baterías. 




Salir de Nong Khiew fue un poco complicado, es el precio que hay que pagar a veces cuando se quiere llegar a lugares aún no del todo explotados. Nos dijeron que primero iríamos en una minivan durante unas tres horas, que esperaríamos un par de horas en un cruce y que allí nos recogería un autobús VIP, como les llaman ellos, es decir: uno grande. A las cinco en punto estábamos esperando la minivan, pero nos vino a buscar un sawngthaew (una camioneta abierta por detrás con unos bancos con dos milímetros de acolchado), sólo de pensar en el mal estado de la carretera se me puso el estómago malo. Las tres horas se redujeron a cuarenta y cinco minutos, así que a las seis menos cuarto estábamos en el cruce esperando el autobús VIP. Efectivamente, tuvimos que esperar en una pequeña y polvorienta "estación de autobuses", apartada al lado de la carretera, en medio de la nada, sin que nadie hablara inglés, con un señor que nos sonreía cada vez que llegaba un autobús y nos decía con señas que no era el nuestro. El nuestro tenía que llegar a las ocho y no apareció hasta las once de la noche. Nuestras mentes ya habían empezado a cavilar alternativas cuando, de repente, llegó el bus. Totalmente aliviados, entramos entre gritos y disparos. El conductor, mientras conducía, estaba viendo una peli de acción en un miniportátil que llevaba al lado del volante. La noche prometía. Y así fue. La peli se acabó alrededor de  medianoche pero no nos dejaron dormir demasiado, pues la voz del copiloto nos despertó a las cuatro de la mañana cantando en una especie de karaoke móvil integrado en el bus. ¡No nos lo podríamos creer! :))))))

Finalmente, tras tanta actividad nocturna, llegamos a Luang Nam Tha, conocida como la capital del trekking en Laos y para nosotros, la “ciudad” con los mejores desayunos del país. Con la barriga llena y las mochilas en la habitación, nos dispusimos a buscar una excursión de un día. Queríamos ver el parque nacional y, sobre todo, llevar a los niños de las aldeas los libros y colores que habíamos comprado hacía unos días en Luang Prabang.






La ciudad puede que sea la capital del trekking, pero el que nosotros hicimos fue un auténtico truño. Es lo malo de tener mucho donde elegir, que hay más lugar para la gente poco profesional. La noche anterior había estado lloviendo así que en el último momento cambiaron la ruta porque cruzar el río en una especie de plataforma de bambú no iba a ser seguro. Hasta ahí bien. Pero el guía que nos tocó… Era demasiado evidente que no tenía ganas de trabajar, paraba a cada rato para descansar y prácticamente no hablaba inglés, lo cual no me parece mal, ya que estás en Laos. Lo que me parece mal es que te cobren más por un guía en inglés que presuntamente te va a contar un montón de cosas acerca del parque natural, como qué plantas se pueden comer, cómo cocinarlas y demás, y que luego sólo te indique que las setas rojas están muy ricas si las hierves. Hombreee… 



La cara de Fran era un poema. Además, empezó a llover y la sensación de bochorno se multiplicó por tres. Las sanguijuelas se colaban incluso por dentro de los calcetines, ¡menudo panorama! 



Decidimos centrarnos en los peques y en los libros que les íbamos a dar. Y en ese momento todo lo demás desapareció. El guía, las sanguijuelas, el calor… Cuando vimos las caritas que ponían al ver los colores y los cuentos, creo que nos sentimos los más afortunados del mundo por poder estar allí viviendo eso. Uno de los niños, cuando nos vio de lejos y le pedimos que se acercara, casi se puso a llorar. Yo creo que por un momento pensó que nos lo queríamos llevar o algo así, pero en cuanto vio que sacábamos algo de la bolsa, le cambió la cara por completo. 



A nosotros no nos supuso prácticamente nada comprar unos cuantos libros para leer y colorear, con este pequeñísimo gesto quizás les regalamos el momento del mes. Les hicimos un poquito más felices. Y esa sensación, la de ellos y la nuestra, lo compensa todo: las horas de espera en tierra de nadie, el karaoke a las cuatro de la mañana, el guía más borde de todo Laos, el bochorno, las sanguijuelas. Todo.