sábado, 4 de mayo de 2013

Día 209. Buenos Aires


Nos costó un buen rato adaptarnos de nuevo a una gran ciudad, al ritmo, la prisa de la gente, el sonido de los coches y las obras, y el continuo subir y bajar de la acera. No podemos decir que Buenos Aires nos enamorara a primera vista, pero después de pasar cinco días en esta inmensa urbe, podemos decir que no nos importaría volver en un futuro. 



Estuvimos alojados en el barrio de San Telmo, a mi parecer el más encantador de todos, con plazas llenas de árboles, anticuarios y cafés que aún huelen a épocas pasadas. De este barrio también cabe destacar la feria de antigüedades de los domingos, que si no recuerdo mal es la más antigua y grande de todo Sudamérica. En ella los viejos teléfonos de rueda se mezclan con las más nuevas fundas de ganchillo para el mate y las coloridas ropas de jóvenes diseñadores. Se pueden encontrar auténticos tesoros, pero, como siempre, hay que dedicar laaargas horas a desenterrarlos. 





También visitamos el microcentro, donde se concentran la mayoría de los negocios y oficinas,  la catedral, el banco nacional y la casa rosada. Hicimos el tour gratuito de los domingos para entrar en el despacho de la Kirschner y tenemos que decir que sólo la antesala, donde trabaja la secretaria, ya es más grande que el piso en el que vivíamos en Barcelona. ¿Datos curiosos? Que todos los teléfonos estaban cubiertos con hojas en blanco, que detrás de su escritorio la presi tiene algunos dibujos que suponemos que le habrán dedicado algunos niños y que estuvimos en el balcón donde personajes como Perón dieron sus discursos. 







En dos ocasiones paseamos por la costanera con la excusa de comer uno de los maxibocadillos que preparan con bife, vacío, pollo, chori o bondiola. ¡Enoooormes y riquísimos! Y recorrimos Puerto Madero de arriba abajo con nuestros viejos trapitos requeteremendados entre tacones de vértigo, elegantes camisas, gomina y blusas de portada.  



Pasamos por el barrio de la Recoleta y su hermoso cementerio, visitamos la tumba de Evita y luego nos sentamos en el césped a escuchar a un grupo de jazz. Lo que no pudimos ver fueron los jardines de Palermo. Buenos Aires es una ciudad que hay que patear, pero cada tres calles te das de bruces con una obra. Si a eso le añades que hay zonas que no están demasiado limpias, no es de extrañar que por accidente se te meta alguna motita en el ojo y tengas que pasarte la tarde haciendo cola en urgencias para poder recuperar la visión.  






Recuperados del pequeño susto, fuimos a visitar la Boca, el barrio más colorido de Argentina. De familias muy humildes, dicen que cada casa está pintada de tres o cuatro colores porque aprovechaban la pintura que sobraba de las construcciones. El barrio de la Bombonera es el más peligroso de la ciudad, de hecho como turista sólo “puedes” pasear por un par de calles, pero en ellas volvimos a tener la sensación de estar como en un parque de atracciones. Todo dispuesto para el turista: bares y tiendas. Parece que por lo menos en estas dos calles, poco queda del barrio original. 






Buenos Aires es una ciudad moderna, una mezcla de prácticamente todo, lo mismo ves a un hombre torcerse el cuello por no dejar escapar una minifalda, que a un moderno con bigote, un abuelito en un Starbucks, niñas con el pelo azul o extranjeros mirando un mapa. No nos pareció ni la mitad de peligroso de lo que muchos argentinos nos habían dicho, más bien una ciudad que rebosa cultura por las esquinas, que huele a café y que marca el ritmo del tango en cada vereda.



En el aeropuerto de Buenos Aires hay muchísima gente. Somos conscientes de que nos vamos pero aún no nos creemos hacía adónde. Lo empezamos a hacer cuando ponemos un pie en el aeropuerto de Estambul, donde hay más diversidad de facciones, pañuelos de todo tipo y ojos que  empiezan a rasgarse. Escribimos esta entrada desde un puesto de café llamado The Greenport. Hace diez minutos eran las tres y media de la tarde y ahora ya son las diez menos veinte de la noche. La nebulosa que tenemos en la cabeza nos impide pensar bien y nos agria el carácter, así que sólo pensamos en llegar a Bangkok, darnos una ducha y echarnos a dormir.