viernes, 5 de julio de 2013

Día 266. Un terrible viaje a Halong Bay: Halong Bay – Hanoi

Una de las cosas que esperábamos con más ilusión de Vietnam era la visita a los arrozales de Sapa, pero como los paisajes que habíamos visto en Ninh Binh nos habían parecido espectaculares y en Sapa nos esperaba prácticamente lo mismo pero rodeados de turistas, decidimos no ir y dedicar los últimos días a Halong Bay y Hanoi, la capital. 



 Desde el principio, nuestra idea había sido ir desde Ninh Binh hasta Hanoi en bus y allí contratar el barco para pasar una noche en las aguas de Halong Bay, pero Xuan, nuestro guía por el Vietnam más rural, nos aconsejó ir directamente a Halong Bay, así nos ahorrábamos algunas horas de tortuoso trayecto en minivan. Poco más de doce horas después, nos arrepentiríamos profundamente de dicho cambio de ruta. 


Salimos de Ninh Binh en una minivan dirección Halong. Por delante nos esperaban cuatro horas de carreteras a medio asfaltar, baches y mucho polvo. Fran, yo y doce locales mirábamos atónitos el desfile de moda de Victoria’s Secret que el conductor puso en la tele para empezar el día con ánimo. 

Eran sólo las cinco y media de la mañana. Una hora después, llegábamos a un pueblo que estaba atestado de gente. Cual mercadillo de los jueves, la gente y los puestos callejeros se mezclaban encima de la acera e invadían la carretera también. La minivan iba muy despacio, era imposible circular a más de diez por hora. De repente, notamos que la parte trasera de la minivan se elevaba. Automáticamente pensamos que se trataba de un bache. Cuando la gente empezó a gritar, a empujar y a salir del vehículo, nos dimos cuenta de que se trataba de una persona. Han pasado más de dos semanas y cuando recordamos ese momento de pasar por encima de algo, aún se nos estremece el estómago. 

Como el resto de pasajeros, salimos a toda prisa a la calle. No sabíamos qué hacer, así que, como el resto, esperamos a un lado. El cuerpo sin vida de la mujer yacía en el suelo. Lo taparon con una especie de estora y colocaron algunas varas de incienso. Todo el mundo le lanzaba dinero, incluso desde los autobuses y los coches que seguían circulando, imaginamos que para desearle una buena entrada en la siguiente vida. 

Nosotros seguíamos sin saber qué hacer. Allí nadie hablaba inglés. El conductor había desaparecido así que intentamos hacernos entender con el copiloto y preguntarle si vendría otro autobús o si buscábamos uno por nuestra cuenta. Ni siquiera nos miró. Creo que nunca nos habíamos sentido tan invisibles. Cuando llegó la policía, casi una hora después y sin rastro de ambulancias, pudimos sacar las mochilas grandes del maletero. Las miradas a nuestro alrededor empezaron a cansarnos y entonces supimos que era el momento de movernos. Mientras nos poníamos las mochilas, unos siete hombres nos rodearon. Estaba claro que querían aprovecharse de la ocasión y hacer dinero. Se reían y se miraban. Su mejor oferta fue dos millones de dongs por llevarnos a Halong Bay por un trayecto que en realidad costaba ciento treinta mil; mucho menos si eras local. Dijimos “no, gracias” y salimos de allí. Tuvimos suerte porque al minuto una minivan dirección Halong Bay se detuvo a diez metros. Subimos corriendo, gracias también a los empujones que nos dio el copiloto, y desaparecimos. 

Nos quedan aún un par de meses de viaje, pero ya podemos decir que ésa es la peor experiencia que hemos tenido y que seguramente tendremos en esta aventura. Por un lado, la sensación de saber que acabábamos de arrollar a alguien y que yacía allí, muerto, fue inhumana. Y, por el otro, la frialdad con la que se comportaron ellos y el circo que montaron para sacarnos dinero nos parecieron asquerosos. Independientemente de las barreras culturales que puedan haber de por medio. 

Con este cuerpo nos dirigimos a Halong Bay, dos días de crucero nos esperaban. Por suerte, fuimos en un barco con muy poca gente, familias y parejas, así que la experiencia resultó muy tranquila y exquisita en cuanto a la comida. Ahora bien, si hubiéramos tenido que ir con cuarenta australianos en busca de alcohol y fiesta, creo que hubiéramos acabado tirándonos por la borda. 





Tenemos que reconocer que Halong Bay nos decepcionó un poco, mucha gente y muy muy guarro, con plásticos varios en el mar y latas y papeles dentro de las cuevas. Para nosotros, lo mejor fue la noche: a oscuras en medio de la bahía, con el balanceo del barco, tomando café antes de ir a dormir y completamente en silencio.



Nuestros últimos días en Vietnam los pasamos en Hanoi, de allí agarraríamos un bus que nos llevaría hasta Vientiane, la capital de Laos. ¿Lo mejor de Hanoi? Stewart y Charles, dos canadienses que estaban recorriendo Asia en bici. Con ellos comimos, cenamos y disfrutamos de una de las cervezas más baratas del Sudeste. Poco más hicimos aquí, aparte de visitar a Ho Chi Minh, cual estatua de cera, en su mausoleo; tomar cafés siempre en el mismo bar; ir a la panadería y degustar exquisita comida en los diferentes puestos callejeros.    


Nos fuimos de Vietnam con muchas ganas de llegar a Laos, por qué no decirlo. Vietnam tiene lugares espectaculares, pero la actitud de muchos de ellos nos desgastó demasiado. Por suerte, conocimos también a gente muy amable, con conciencia medioambiental y respetuosos con los demás. Podemos decir que Vietnam no nos ha encantado demasiado, pero es sólo nuestra experiencia. Hemos conocido a gente que se ha enamorado por completo de este país. Así que quizá tengamos que volver algún día; o mejor, venís vosotros y nos explicáis qué tal :) Desde luego, indiferentes no os va a dejar.