viernes, 24 de mayo de 2013

Día 228. Salir de Tailandia, entrar en Camboya y aterrizar en Siem Reap

Habíamos oído y leído mucho acerca de cruzar la frontera entre Tailandia y Camboya por el paso de Poipet. La mayoría eran cosas malas, pero pocas opciones teníamos porque ésa era la entrada que mejor nos venía para llegar a Siem Reap y los templos de Angkor.


Nuestro templo favorito en Angkor, el de las mil caras
Hay muchos blogs en los que explican las malas experiencias con los viajes organizados desde Kao San Road, precios desorbitados, funcionarios que te intentan timar en la frontera diciéndote que no te puedes sacar el visado en el lado de Camboya, ¡todo un jaleo! Así que como estábamos hartos de leer cosas disparatadas y como llega un momento en que ya no te fías ni de tu sombra, decidimos pasar de viajes-todo-programado y hacerlo por nuestra cuenta. 



Tardamos un total de nueve horas para ir desde Bangkok hasta Siem Reap, lo cual no está nada mal. A las cinco de la mañana salimos del hotel y agarramos un taxi que nos dejó en la estación de trenes. Por poco más de un euro, y aproximadamente cinco horas después, el tren nos iba a dejar en Aranyaprathet. El viaje fue asombroso. Pocos turistas (unos seis) decidimos ir hasta la frontera en un tren de tercera, con bancos de madera y ventiladores colgando del techo. Pero, de nuevo, el viaje fue asombroso: por el paisaje rural tailandés, las vendedoras ambulantes, las veinte señoras que subieron tras comprar en el mercado del pueblo de al lado y el buen señor que no dejaba de interesarse por la procedencia y la comodidad de todos los foráneos. 





Con los pies en Aranyaprathet, agarramos un tuk-tuk hasta la frontera, donde debíamos sellar el pasaporte para poder salir de Tailandia. Lo llevábamos todo muy claro y estudiado, así que cuando nos vimos delante de la tienda de los compis del tuktukero, empezamos a olernos el percal. “Aquí, aquí, para el visado, aquí. Entrad, entrad.” Nosotros, como quien oye llover, agarramos las mochilas y nos piramos. Siempre con un “No, thank you”, por supuesto.  Llegamos a las oficinas tailandesas y en cinco minutos ya estábamos yendo hacia Camboya. Como decíamos, uno ya no se fía ni de su sombra, por eso a todo aquel que nos indicaba hacia adónde teníamos que ir lo mirábamos con cara de “¿seguro?”.  


Nosotros todo recto y tras atravesar ese extraño mundo que hay entre país y país en el que te puedes encontrar desde un burdel, hasta un casino, pasando por vendedores ambulantes de cualquier cosa, llegamos a las oficinas de inmigración camboyanas. Habíamos oído que la policía de aquí es una de las más corruptas del mundo. De momento no lo sabemos y tampoco queremos comprobarlo, pero lo que sí que vimos es que son unos cachondos. Repasaron uno a uno todos los sellos de nuestro pasaporte mientras se tronchaban de la risa. 

Y en un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en Camboya. Ahora sólo quedaba llegar hasta Siem Reap. Por suerte, coincidimos con dos chicos alemanes majísimos y compartimos un taxi. 


En el mercado nocturno de Siem Reap


Barbacoa khmer, con cocodrilo incluido
Siem Reap nos recibió con lluvia, un diluvio universal que duró sólo veinte minutos. Los siguientes días hizo tanto sol que nos salieron hasta ampollas. El principal reclamo de la ciudad, y del país, son los templos de Angkor, con dos millones de visitas cada año. Y no es para menos. Estas construcciones religiosas son impresionantes, datan de los siglos IX d.C al XV d.C y han sobrevivido a la masacre de los Jemeres Rojos y la guerra con sus vecinos vietnamitas. 


Pierna de Débora llena de ampollitas





Pasamos tres días recorriendo en bici la mayoría de los templos. Os podríamos volcar aquí todos los datos históricos que se pueden encontrar en las guías y en internet, pero preferimos colgar algunas de nuestras cuatrocientas fotos para que veáis todo lo que los textos no dicen.

















Llevábamos sólo un día en Camboya y ya nos habíamos quedado con la boca abierta. Y aún no habíamos visto nada… del país más pobre en el que de momento hemos estado y  donde, curiosamente, vive la gente más amable y más sonriente que vamos a conocer.